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La responsabilidad del inconsciente

LA RESPONSABILIDAD DEL SUJETO DEL INCONSCIENTE EN EL PSICOANALISIS
Una cuestión tópica, una cuestión ética
Víctor Iunger
Buenos Aires, 2004

«…Claro que puede uno sorprenderse de la extensión de lo que es accesible a la conciencia de sí a condición de que se haya aprehendido por otros caminos…» (J. Lacan. «La subversión del sujeto»)
Al arribar al final del capítulo VII de «La interpretación de los sueños», luego de haber expuesto en forma exhaustiva su primera tópica, abruptamente Freud se pregunta por la responsabilidad moral del sujeto por el contenido de sus sueños. Se responde: «no me siento autorizado para responder a estas preguntas». Sin embargo, con un golpe de timón genial de esos a los que nos ha acostumbrado en su extensa obra, comienza a responder diciendo: «Opino, simplemente, que se ha equivocado el emperador romano que hizo ejecutar a uno de sus súbditos porque éste había soñado que le daba muerte».
Explayándose, agrega que primero debiera haberse preocupado por el significado de este  sueño, que probablemente no fuera el que parecía y aún, si el significado fuera ese deseo criminal de lesa majestad, cabría atender al dicho de Platón, a saber «el virtuoso se contenta con soñar lo que el malvado hace realmente.»
Agrega, luego de decir que opina que «lo mejor es dejar en libertad a los sueños», que no sabe si a los deseos inconscientes hay que reconocerles realidad, para aclarar enseguida que aún «frente a los deseos inconscientes en su expresión última y más verdadera es preciso aclarar que la realidad psíquica es una forma particular de
existencia que no debe confundirse con la realidad material. Pero con un nuevo golpe de timón que conduce en dirección opuesta a la presentada en el apólogo del emperador romano, concluye diciendo: «No parece entonces justificado que los hombres se muestren renuentes a tomar sobre sí la responsabilidad por el carácter inmoral de sus sueños…».
Freud nos plantea una aporía (paradoja) donde por un lado plantea que no se justifica responsabilizarse por el deseo inconsciente, para decir inmediatamente que no se justifica no responsabilizarse por el contenido inconsciente, disolviendo la aporía al plantear que el deseo inconsciente -leemos allí que de eso se trata- implica una realidad diferente, la realidad psíquica, diferente de aquella que llevaría a la plena responsabilidad por el deseo y sus consecuencias… 
¿Pero cuál sería esa realidad por la cual uno sí debería responsabilizarse? 
Freud contesta a esta pregunta algunas frases después diciendo que el hombre debe responsabilizarse por sus obras. Hoy en día diríamos, se trata de la responsabilidad ética del sujeto por su acto.
Inmediatamente nos vemos llevados a preguntarnos qué tiene que ver esta abrupta y sorpresiva entrada en el terreno de la responsabilidad moral por el sueño y a través de él por el deseo inconsciente, después de haber despejado la diferencia entre el proceso primario y proceso secundario y haber intentado dar cuenta de lo inconsciente y la conciencia. 
Precisamente «Lo inconsciente y la consciencia. La realidad» es el título de este ultimo apartado del capítulo VII, en el cual plantea las cuestiones que hoy nos ocupan. No podemos dejar de mencionar aquí otra paradoja en las formulaciones de Freud de su primera tópica. Por un lado tiende a plantear la existencia de un aparato psíquico que puede funcionar con una regulación totalmente prescindente de la intervención de una
instancia consciente. Por otro lado plantea la intervención de la conciencia vinculada a la regulación del proceso secundario, lo cual nos interesa muy particularmente en  este contexto. Es que Freud plantea en «La interpretación de los sueños» dos regulaciones del funcionamiento psíquico por el principio del placer-displacer. Por un lado la regulación automática e inconsciente ejercida como un movimiento puramente cuantitativo y, por el otro, la regulación esencialmente cualitativa del placer-displacer desde la consciencia que opera
como órgano sensorial. proceso en el cual también interviene la función cuantitativa de la sobrecarga de la atención. A su vez las representaciones de palabra aportan por su parte otra dimensión cualitativa propia de la regulación consciente.
Esta regulación permite, a partir de las condiciones económicas del proceso secundario – representación de palabra mediante-, una ductilidad que potencia el poder del proceso de pensamiento al permitir el trato con las representaciones displacenteras. Lo cual permite el trabajo del proceso de pensamiento con ellas, tolerando el displacer que producen y permitiendo no precipitar el funcionamiento psíquico ni a la inmediata descarga de la
satisfacción placentera ni la evitación automática de la representación dolorosa. Es así que esta regulación abre la vía para el juicio como operación que involucra la conciencia y posibilita situar las condiciones de la responsabilidad moral por la que se pregunta Freud.
Henos aquí, entonces, frente a la circunstancia de que Freud, sin explicitarlo, concluye presentándonos la consecuencia ética que se deriva de su construcción metapsicológica, puesto que el sujeto dotado de estas posibilidades operatorias, puede -agregamos: y entonces debe- responsabilizarse tanto del contenido
inconsciente éticamente inaceptable como del aceptable, puesto que  lo que cuenta es el resultado del procesamiento de su deseo, alcanzando la condición de la obra. Diríamos llevando la cuestión al límite con Lacan, el deseo que adviene a la jerarquía del acto.
Habiendo atravesado las diferentes instancias formalizadas por la tópica freudiana el deseo inconsciente adviene a la jerarquía del acto. y el sujeto es, al mismo tiempo «libre -como decía la recordada Lucy de R en su último encuentro con Freud- de pensar y sentir en su interior lo que quiera» Al fin de cuentas, aquello decisivo para la valoración final de la condición ética del sujeto son sus actos, o sus obras como decía Freud.
Resumiendo, destacamos el hecho de que a pesar de la devaluación que el descubrimiento del inconsciente pareciera haber propuesto para la instancia consciente -devaluación en la que muchas veces nos entrampamos en nuestras posiciones los psicoanalistas-, debemos concluir sin temor a equivocarnos, que esta devaluación es un error de apreciación. Porque no se trata de que la consciencia no exista ni opere, sino de ubicarla en el lugar que le
corresponde luego del descubrimiento del inconsciente, que en los términos de Freud estaría bien definido por la frase: el núcleo de nuestro ser es el deseo inconsciente. Lo cual no elimina la conciencia pero sí la ubica en otro estatuto. Y de ello se ha ocupado Freud en los diversos capítulos de su metapsicología.
Es decir, si el descubrimiento freudiano implicó la caída del cogito cartesiano entendido como identificación del sujeto con el yo como ser consciente transparente a sí mismo, fundado en su pensamiento, Freud se ocupó de volver a situar la función de la conciencia en la operatoria psíquica y lo accesible a ella luego de situar la esencia
radicalmente inconsciente del psiquismo.
Es de particular interés para nuestro comentario sobre estas consecuencias éticas de la tópica freudiana, un destino pulsional que Freud desliza en su texto al pasar, sin mencionarlo como tal, en el comienzo de su articulo «La represión». 
En el primer parágrafo de este trabajo Freud nos propone un quinto destino pulsional agregado a los cuatro que ya había propuesto en su trabajo sobre Las pulsiones y sus vicisitudes. A saber: transformación en lo contrario, vuelta sobre sí mismo, sublimación y represión.
Vale la pena recordar el párrafo de «La represión» del que nos ocupamos. Dice así: «Puede ser el destino de una moción pulsional chocar con resistencias que quieran hacerla inoperante. Bajo condiciones a cuyo estudio más atento pasaremos enseguida, entra entonces en el estado de la represión. Si se tratase del efecto de un estímulo exterior, es evidente que la huida sería el medio apropiado. En el caso de la pulsión, de nada vale la
huida, pues el yo no puede escapar de sí mismo. Más tarde, en algún momento, se encontrará en la desestimación por el juicio -urteilverwerfung- (juicio adverso) -(verurteilung)- un buen recurso contra la moción pulsional. Una etapa previa al juicio adverso, una cosa intermedia entre la huida y el juicio adverso, es la represión cuyo concepto no podía establecerse en el período anterior a los estudios psicoanalíticos…»
Presumimos, con el fundamento que la eficacia del psicoanálisis nos brinda, que este buen recurso, como dice Freud, contra la moción pulsional, es la consecuencia de la labor analítica, ya que en términos freudianos, es básicamente en el análisis que se da el levantamiento de la represión. Represión que constituye, según el texto citado, la etapa previa del juicio adverso, o desestimación por el juicio, y cuyo levantamiento -deducimos- es
condición para el mismo. Consecuentemente esta desestimación por el juicio (urteilverwerfung) o, agregaríamos
nosotros, la aceptación por el juicio (urteilbejahung) ofrecerían un nuevo destino pulsional que enumeramos como quinto, haciendo de relevo a la represión que ha cesado su operación al ser levantada. Destino de la pulsión que se define por un decir que no o que sí a la satisfacción de la moción pulsional.
No podemos dejar de considerar a partir de la incidencia de las consideraciones tópicas expuestas sobre la lectura misma que hacemos del concepto de juicio en este contexto (urteil), la intervención de la conciencia en la operación de este juicio. En el seminario de La ética, Lacan subraya el compromiso del acto en la definición
misma de la operación analítica.
Dice allí que: «si hay una ética del psicoanálisis…, es en la medida que, de alguna manera, por mínima que sea, el análisis aporta algo que se plantea como medida de nuestra acción…».
Inmediatamente antes subraya que «La ética consiste esencialmente…en un juicio sobre nuestra acción,… en la medida en que la acción implicada en ella también entrañe…un juicio, incluso implícito. La presencia del juicio de los dos lados es esencial a la estructura…». Si entendemos, siguiendo esta línea propuesta por Freud y continuada por Lacan, que la dimensión del análisis no termina con el mero valor simbólico del trabajo analítico con la
palabra, sino que en su definición misma se halla en juego la dimensión del acto y el juicio
que le es inherente, no podemos dejar de concluir que la dimensión ética del psicoanálisis implica la intervención del juicio y por lo tanto de la conciencia. Llevando las cosas al límite, en la operación analítica, o más lejos aún, en la operación del hablante siempre está en juego el destino de la moción pulsional. Y si este quinto destino
pulsional opera allí donde rige la dimensión de la represión-vuelta de lo reprimido, podemos también conjeturar que este destino de la moción pulsional podría jugarse por fuera del ámbito de la represión. Sería necesario para poder sostener esta conjetura, abrir la investigación que corrobore clínicamente este hecho, y determinar las condiciones teóricas en que ello podría sostenerse.
La primera de estas condiciones teóricas que podemos suponer es la que exige la presencia de la función del significante en ese sujeto. La segunda (complementaria de la otra) es posible suponer que la eficacia simbólica en
relación a una trama significante pueda extenderse desde allí hacia una moción pulsional respecto de la cual la función significante no funciona y, por lo tanto, donde la moción pulsional se juega por fuera de la represión-vuelta de lo reprimido. Recordemos en este punto que hay tres destinos pulsionales que se juegan por fuera de la represión, con el particular estatuto que allí tiene la sublimación.
Llegados a este punto deseamos puntualizar otra consideración: no es lo mismo el rechazo por el juicio que ocurre sin la intervención de un análisis, que el que surge como consecuencia del mismo, que se encuentra en el eje de este trabajo. Es decir, que, suponiendo una operatividad de la conciencia sin que alguien pase por el
análisis, -cosa que el sentido común nos lleva a considerar probable- postulamos una operatividad de la consciencia potenciada, cuando no facilitada y promovida por el trabajo del inconsciente sobre la dimensión pulsional. 
Retomando la cuestión que Freud nos plantea al hablar sobre la responsabilidad moral sobre los sueños, que ahora preferiríamos reformular como responsabilidad ética del sujeto en relación a su deseo inconsciente y a su acto, cabe pensar que ella es inmanente a la operación misma de la cura.
Entendemos esa responsabilidad del sujeto ejercida vez a vez, cada vez, por el hacerse cargo de su decir y de sus dichos. «Que se diga queda olvidado detrás de lo  que se dice en lo que se escucha», pero agregamos, «lo que se dice» tiene consecuencias, de las que el olvido del decir no permite sustraerse, y la escucha no  exime de la responsabilidad al sujeto de ese decir. 
Así quede reducida esa responsabilidad a la mínima de hacerse cargo de la producción del dicho por el decir del sujeto, como a la que se asume en relación al acto que desde allí se causa.
Desde la situación del síntoma como un decir explícito o implícito del sujeto en relación a su particular posicionamiento en la relación entre el saber y el goce que le conciernen hasta lo que resulta de su resolución en los paradigmas del acto analítico. Llevando las cosas al límite, se trata de la cura entendida como una responsabilización del sujeto desde el comienzo mismo de su análisis, desde la versión inicial de su demanda, en
las sucesivas reformulaciones del decir inconsciente, sintomático por excelencia, hasta las
vicisitudes del fin del análisis – se defina éste como se defina: atravesamiento del fantasma, destitución subjetiva, desser, saber hacer allí, barradura del Otro, identificarse al sinthome etc.
Dicho de otra manera, en cada tramo de la cura ella puede definirse por la responsabilización diferenciada, seguramente modulada por los tiempos del análisis, en relación a los dichos del inconsciente y los avatares de lo que de ellos se sustrae como goce.
Citemos a Freud: «Hacer consciente lo inconsciente», «Wo es war soll ich werden», fórmulas freudianas que resumen el devenir de la cura. Para la primera fórmula diremos: una conciencia no sin inconsciente. Para la segunda, «Wo es war soll ich werden», «Donde ello (eso) era yo debo advenir», se tratará de un advenimiento del sujeto como je no sin ello, el  ich freudiano allí donde eso era, pero no sin eso ya sea que se lea esta fórmula como «allí donde ello era» ó «allí donde el objeto era», un advenimiento del je no sin el objeto, más aún, el advenimiento del sujeto se produce en acto en el punto mismo de la caída del objeto. En el punto mismo en que un borde hecho letra cierne el agujero de la falta en ser que constituye al sujeto por la caída misma de ese objeto. Caída que deja al sujeto en un estatuto de sujeto no sin objeto. El análisis es una práctica que apunta a la subjetividad, pero
ello no ocurre sin pasar por el objeto.
Es así que, retomando la clásica oposición lacaniana entre cura y terapéutica, el avance de  la cura, desde ya no terapéutica en tanto no se trata del retorno a ningún estado primero, no obstante eficaz en cuanto a que, finalmente se trata se sentirse mejor -como Lacan lo señala en L’insu- tiene que ver en que el síntoma se transforma, o incluso, se disuelve como efecto de la responsabilización del sujeto en cuestión como consecuencia del devenir del análisis. Esto ocurre en la medida en que, vez a vez, desde el comienzo hasta el final del análisis, con la modulación propia de cada tiempo, por la vía del advertimiento por el juicio, este sujeto se
hace responsable de su decir cada vez que este decirse produce. Ello no ocurre espontáneamente. El analizante tiende por estructura a responsabilizar al Otro por su síntoma, a responsabilizar al Otro por su decir. La operación analítica apunta a deshacer las coartadas a través de las cuales esto se produce y a exigir al Sujeto su
responsabilidad por lo que dice. A esta responsabilización no es ajena ni la operación del saber significante que por la vía de la demostración deslinda la función de la verdad, ni la operación de mostración del sentido sexual que localiza su lugar en relación a lo real. 
No coincido en absoluto con quienes sostienen que la vía interpretativa y significante como tal infinitiza el análisis. Ello solo ocurre cuando se la separa el decir del acto y sus consecuencias. En ello es la consecuencia de una implícita no responsabilización del sujeto por su decir inconciente. congruente con el colmamiento de goce que acompaña metonimizando al decir inconciente, obstruyendo el corte, a veces desde el despliegue
mismo del saber como goce, en tanto goce del saber. Es allí que la idea del contraanálisis que Lacan propone en L’insu, toma su función como operación de corte del recubrimiento de los otros registros por lo simbólico que resulta de una práctica como la antedicha. Ocurre, vez a vez, a través de esta asunción de la responsabilidad del sujeto, de un reposicionamiento del mismo en relación a la articulación entre el saber y el goce.
La verdad adviene al mínimo en tanto esta responsabilidad por el decir y por el acto se produce. Y al máximo cuando el saber ocupa su lugar, es decir, el de la verdad. 
Ninguna objeción sería aceptable en este punto bajo el pretexto de que tal responsabilización sería una apelación a la voluntad del sujeto. Por un lado, está pendiente desde esta perspectiva la definición misma de lo que sería la
voluntad desde la perspectiva del psicoanálisis, ya que la que la liga clásicamente a la conciencia, en el sentido clásico del término, no viene al caso. Tampoco viene al caso la difundida posición, muchas veces inadvertida, que por no advertir este papel de la responsabilidad del sujeto por su acto y por su decir inconsciente «para no caer en el voluntarismo», espera que, algún día, seguramente postergable al infinito, el inconsciente se haga responsable de sí mismo o de producir el acto. Dimensión de responsabilidad que le es ajena, puesto que no es del
inconsciente como tal que el acto deba esperarse, aún cuando su operación sea  pertinente a su producción.
Podemos pensar que si la dirección de la cura se produce en relación a esta responsabilidad y que ésta se produce paso a paso a su tiempo en el análisis, es precisamente la ausencia o falencia de esta responsabilización o, si se quiere, la desresponsabilización del sujeto en nombre de su inconsciente, del Edipo o del Otro,
lo que se cristaliza en el tiempo como reacción terapéutica negativa. La Reacción Terapéutica negativa no es sino la inercia de la insistencia del decir del síntoma cuando los dichos del inconsciente se vacían de verdad a fuerza de no tener consecuencias en el terreno de la responsabilidad.
En contrapartida, y para concluir diremos: la cura comienza y a la vez concluye cuando por primera vez, cada vez ante un decir del inconsciente el sujeto se hace responsable de su dicho y como consecuencia adviene responsable de sus consecuencias y de su acto.